jueves, 7 de marzo de 2013


De cómo un día llegué al Mar Báltico


Digamos que no tiene comienzo el mar;
empieza donde lo hallas por vez primera
y te sale al encuentro por todas partes.
-José Emilio Pacheco


Karwia, Polonia., martes 05 de marzo de 2013

La vida y un error de entendimiento del idioma polaco me trajeron a este lugar… mágico. La emoción que sentí al ver el mar Báltico como siempre esperé ver el mar: una isla de agua en el Norte del mundo.
¿Cómo es que llegué a este lugar? A veces, siempre, me hago esta pregunta sin siquiera darme cuenta de dónde estoy.

Oro báltico

Por la mañana salí de Gdansk, que lleva acento en la “n” y se pronuncia “dansk”. Ahí pasé dos noches en un hostel a sólo 20 metros del río y de los barcos anclados. El costo, 40 Zlotys por noche. El lugar era muy tranquilo y limpio, céntrico. Además, estuve solo en la habitación. Así que tuve seis literas y baño entero para mí solito.

(Ahora escucho “Be” de Neil Diamod)

Como decía, salí temprano y me dirigí a la estación de trenes de Gdansk. Compré un billete para ir a Sopot, una ciudad cerca de Gdansk que mi amiga Izabela Mecler me recomendó mucho. La señora que me vendió el billete no hablaba inglés, así que con señas y nombres nos dimos a entender. Subí al tren. Luego de veinticinco minutos llegué al lugar; sobra decir que estaba muy emocionado por el viaje, en un tren que parecía muy viejo.
Cuando llegué a Sopot inmediatamente busqué el centro y me dirigí a él. Fui a la oficina de información turística que estaba en un segundo piso. Ahí se sorprendieron al escuchar mi nacionalidad: “Mexico, so far from here”. Es la cuarta o quinta vez que me lo dicen en Polonia. Y es que es verdad.

Mi plan inicial era quedarme en Sopot una noche, pero en la oficina de turismo de Sopot se me ocurrió preguntar cómo llegar a Hel (si lo pronuncian en inglés, “Hel” suena a infierno, así que pregunté: How can I go to Hel?) Este lugar está ubicado en una pequeña península en el mero Norte, en el mar Báltico. Me dijeron que primero había que ir a Gdynia en tren y de ahí tomar un bus a… Wladyslawowo. Me mostraron en el mapa la ubicación de este lugar, cuyo nombre me encantó. De inmediato supe que debía estar ahí, tal vez el miércoles temprano, después de pasar una noche en Sopot.
Salí de la oficina y fui al malecón a ver el mar; un malecón muy grande y blanco, con mucha gente tomando el sol, pero todos bien abrigados porque aún hace frío. Ya ayer lunes había ido al mar, muy cerca de Gdansk, y el paisaje que vi fue muy parecido, pues es la playa contigua. En Sopot había más gente, más vida y unas calles hermosas. Pensé en buscar el hostal que me recomendaron “Hostel central” cerca de la estación de tren y del centro; 35 Zlotys (zt) me dijeron que costaba la noche. 4zt = 1 euro.1 euro = $17 pesos.
Pero siempre he dicho que uno ya sabe lo que va a hacer desde antes de tomar una decisión. Uno ya lo sabe, pero a veces nos da por darle vueltas. Y mi locura me había dicho que definitivamente hoy mismo debería estar en Wladyslawowo, este lugar de nombre bonito. (En realidad me gusta porque se parece al nombre de Władysław Szpilman, el pianista de Varsovia). Así que ¡subí al tren!
No lo pensé ni un solo segundo más, y le pedí a unos jóvenes polacos que me ayudaran a comprar el billete de tren a Gdynia en la máquina computarizada que los expide. 3,60 zt y me fui al andén a esperar mi tren. Cuatro estaciones más tarde me bajé en Gdynia. Pienso que un día me gustaría tomar un tren y bajarme dos estaciones después, pero del año.
Al llegar a Gdynia me fui directo a la taquilla (kasa) a preguntar cómo llegar a Wladyslawowo, pero la cajera no hablaba inglés, así que no nos entendíamos. De pronto, un joven alto, más bien altísimo, casi como dios, me dijo en inglés: “Do you need help?” Le contesté que Yes, que quería saber dónde estaba la estación de camiones; me dijo que a sólo 100 metros de la estación de tren en la que estábamos. Yo lo miraba con mi cabeza en dirección al cielo, es que de verdad era alto, y se parecía a mi amigo José Milara, que también es alto.
Salí de la estación del tren y de inmediato vi los camiones a poco más de cien metros. Cuando llegué a ellos el primero que vi decía en la parte superior frontal: Wladyslawowo. Pregunté al chofer para confirmar y éste asintió, pero tampoco hablaba inglés, así que tuvo que señalarme en su reloj de pulso la hora de salida, que era a las 2:40 pm., y eran las 2:20 pm. Ya no le pregunté cuánto tiempo llevaría el viaje pues iba a ser complicado explicárnoslo.
Subí al bus, pagué 9.60 zt, muy barato, poco más de dos euros, o como 45 pesos mexicanos. En el billete leí que serían 49 kilómetros de recorrido, así que le calculé una hora de viaje. Pero vaya que fue más de una hora, pues el bus hizo paradas como en veinte pueblos. Subía y bajaba gente: señoras, señores, señoritas, jovencitos, y yo ni me enteraba de dónde estábamos, sólo a veces que leía los letreros en polaco, pero nunca estuve seguro de qué era lo que leía.

(Escucho “Free as a bird” de Lennon)

Vi paisajes hermosos, praderas, pequeños lagos congelados, generadores de energía eólica; casas, rieles de ferrocarril, pequeños pueblos. Seguramente fui el único extranjero en el camión y eso me encantó; me emocioné de estar en la Polonia profunda y rural, en el alma que todo país guarda y vive en sus pueblos.
Pensé en México, mi país; en los pueblos que he visto y amo, en la gente que vi en todos los camiones y caminos que he recorrido al conocer los diferentes estados de la república. Y estoy seguro de que es la misma gente que vi hoy en Polonia, en los asientos del camión, sólo cambia la forma, el color del cabello, la estatura, los idiomas.
Seguí en el viaje, convencido de que llegaría al mar de mis sueños. En ocasiones tuve un poco de “miedo” de no bajarme en el lugar adecuado, pero pensé que ese camión se detendría hasta llegar a Wladyslawowo… y vaya error. Magnífico error.
Sólo veía bajar gente, poco a poquito se iba vaciando el bus; pasamos un pueblo llamado Ostrowo y ya sólo quedábamos dos personas a bordo. Creí que el siguiente pueblo sería mi destino, y bueno, así lo fue, porque 3 kilómetros más adelante llegamos a un pequeño pueblo y bajó la última persona. El chofer me preguntó en polaco que en dónde iba a bajarme –supongo que eso me dijo-, yo contesté que en Wladyslawowo, y él me dijo, medio malhumorado, que eso ya lo habíamos pasado. Entendí que esta era la última parada, así que me bajé del camión sin importarme más, sólo el destino y la aventura, pues en realidad es esto lo que quería, aunque no lo planeé, o quizás sí (en el alma uno tiene sus propios planes).
Bajé, sin saber en dónde estaba; el pueblo parecía muy tranquilo, busqué su nombre en la parada del bus… no decía; hasta que unos metros más adelante vi un mapa informativo. El lugar: Karwia. En mi vida había escuchado ese nombre.
Caminé entonces el pueblo en busca de señales de vida o de humo en las chimeneas, pero sólo el eco de mis botas negras se escuchaba por la calle; casi las 5 de la tarde y todo sereno. Caminé más, en busca de un hotel o algo abierto, pues en las casas se veían anuncios de muchos hoteles y villas, pero de verano, y sobra decir que aún estamos en invierno. Ahora todo estaba vacío, los restaurantes cerrados, con las sillas puestas de cabeza sobre las mesas. Toqué en dos lugares sin obtener respuesta, uno de ellos se llamaba “Villa Paulina”, quería hospedarme ahí, claro, porque es el nombre de mi querida hermana y de mi mejor alumna.
Seguí por otra calle y a pocos metros vi otro lugar que sí parecía abierto y entré; de inmediato un señor como de unos cincuenta años me recibió, le pregunté: “Hotel?”, me contestó “Tak”, que en polaco quiere decir que sí. Él no hablaba inglés, y me preguntó que si yo hablaba francés. Pero yo no parlo francé. Total que pasé a la recepción, ahí estaba una señora que al parecer era la esposa de este hombre; igual no pudimos entendernos. Yo le decía “Yedem noc, proshe”, que en mi mal polaco quiere decir “una noche, por favor”. Entonces llamaron a su hija ¿o nieta?, Mónica, como de unos trece o catorce años de edad. Mónica entendía el inglés básico, y lo hablaba muy poco y muy apenada al pronunciarlo. Pero ese poco se convierte en mucho cuando uno necesita comunicarse.
Pagué 55 zt por una noche, dadas las circunstancias habría pagado hasta 70 zt, pues estaba cansado del viaje, de cargar la mochila que amablemente me prestó Iza; me dolía la cabeza y debía asegurar la noche. Después me di cuenta de que estos 55 zt en realidad es un precio bastante, bastante bueno, pues el hotel es casi de lujo. Mi habitación (sentí pena al entrar) tan limpia, con sus dos camas, un baño excelente, radio, televisión, Dvd, internet con óptima señal; un balcón, trastes para cocinar, un calentador de agua, ropero, un escritorio en donde estoy. Una bendición de lugar. Y además, la hora de salida o check out no es a las 12 ó 2 de la tarde como en la mayoría de los hosteles y hoteles, aquí se paga por día, por 24 horas, así el costo abarca hasta las 5 de la tarde del día de mañana miércoles. Y bueno, debo decir que soy el único huésped en todo el hotel.
De inmediato me instalé, me lavé la cara y salí de nuevo a caminar, que a eso vine a Polonia. Ya sin el peso de la mochila me sentí muy bien, sólo con mi cámara fotográfica lista para descubrir imágenes. Vi el bosque junto a la carretera, sabía que al cruzarlo encontraría el mar.
Y después de doscientos metros de un pinar hermoso mis ojos se inundaron de mar. Cielo rojizo, azul, violáceo; espléndidos colores en este mar tan blanco y resplandeciente, de una arena que emana su propia luz. Hacía un viento suave y frío, se escuchaba el milenario golpeteo de las olas. Un lago inmenso, interminable en la mirada. Un mar como siempre esperé ver. La emoción de que sentí en ese instante es indescriptible, sólo quise llorar por algunos momentos.
Después tomé mi cámara y apunté a todas partes, a pocos metros estaban unos jóvenes pescando, me dio risa porque con ese frío pensé que estarían pescando hielo. Pero seguro que hay peces viviendo aquí. Uno de estos jóvenes entró como 30 metros en el mar, y el nivel del agua le llegó a las rodillas. Recordé inmediatamente el mar de Yucatán.
Estaba tan emocionado que tomé mi celular y marqué a mi casa, más por la ilusión de estar al Norte del mundo y de la vida y poder escuchar la voz de mis papás. Entró la llamada y escuché a mi papá. De verdad no sabía cómo expresarle lo que estaba mirando en ese momento y lo que estaba sintiendo. La voz de mi papá en el mar Báltico, el sonido de mi casa, los perros tranquilos; más de quince mil kilómetros resumidos en un “te quiero mucho” que me dijo mi papá.
Mi mamá había salido de casa, pero sé el enorme gusto que le dará saber de mi llamada, que fue breve, pues debía conservar el crédito en el teléfono para futuras llamadas. Mi mamá que lleva sus ojos en todo lo que miro cada día. Le dije a mi papá que tenía muchas ganas de verlos, pero me faltaron las palabras para expresarlo.
Caminé, fotografié, respiré y escuché el mar. Volveré el día de mañana al amanecer para caminar la costa, me han dicho que se pueden encontrar pequeños pedacitos de ámbar en la arena. Lo llaman Oro báltico.
Me quedaré hasta el viernes en este bendito pueblo al que llegué por error y por fortuna de esta vida, el día de hoy, esta tarde a mis veintisiete años. Un día en que un mexicano, uno de más de cien millones, camina y sueña entre la arena y el bosque del mar Báltico, en Karwia, Norte de Polonia, el martes cinco de marzo del año dos mil trece.


Miguel Ángel León Govea
Polonia, 2013




jueves, 10 de enero de 2013


Tiempo de nacer
A Regina

Llegó el tiempo de nacer. El antiguo vientre navega ahora en el recuerdo de un cielo más intenso; el cielo prometido después de la muerte. La nostalgia se convierte en vida a través del primer llanto. ¿O es el primer canto de dios a la luz? La silueta de una vida se dibuja en la distancia, más pequeña antes del descubrimiento de la edad. La duración de otra persona te hará joven,
                     adulto
                                y muerte.
La duración de una piedra en el mundo, en cambio, será tu inicio constante. Tus huesos temporales crecerán sin noción de las horas. La bahía entre unos brazos maternos será la mejor sensatez que te pueda ofrecer el tiempo.



Miguel León-Govea
Enero, 2013

lunes, 31 de diciembre de 2012

Gato y refresco de cola

viernes, 28 de diciembre de 2012


Vamos al mar a anclar nuestras sirenas, el sonido repetirá los bordes de la costa; cada canto recordará a la tierra, cada voz a un ave. El vuelo nos ayuda a contemplar a dios. La luz que hoy nos da la noche también es dios. El mar es una metáfora consumada de la dualidad. Su fondo es el alma, y los seres que la habitan, la conciencia: sin ojos, se arriesgaron a explorar las posibilidades de la luz. 

jueves, 1 de noviembre de 2012

viernes, 26 de octubre de 2012


Después de las vías

Esa mujer cruzó las líneas de los ferrocarriles.
Una intensa bruma
producto de esta miopía
la desapareció como la entrada de un siglo.

Antes, sus palabras fueron:
“Cuídate” y “…tiempo”

Su voz estridente me hizo recordar el mar.

-Cuando se aproxima un crucero,
las señales nos muestran un color
parecido a la sangre-

“Cuídate” las serpientes muerden en la boca
cuando les hablas con poesía.

Todo a su paso se detuvo:
un tren entró al paisaje
y la reverberación del sol
me recordó a mi madre.

Imaginé las líneas de cada continente
ardiendo el territorio.
Los maremotos lograron calmar la sed
de algunos incendios.
Entonces pensé en tu cuerpo
como memorial de la sal,
como invento del presente.
Noche humana.
Luto interno.

Esa mujer tuvo un nombre
-un hombre que murió con su fotografía-.
Fue un descarrilamiento.

La alegría de su rostro
golpeó la marginalidad de mis manos
y esta tierra,
tierra de óxido, metales y aceites repetidos.

Pero la alegría no pelea con la tristeza:
son líneas paralelas.

Tropecé en este tren cargado de silencio
y me trozó las piernas.

Ella vino y en sus brazos entendí
que el fuego transforma la vida
sin necesidad de engaños.

Después cruzó las vías,
el cielo se deshacía en parvadas.

Imaginé que un canto me decía
aquellas dos palabras,
y que la última imagen de la vida
fuiste tú después de los mares,
perdida entre la luz,
entre la sangre que brota de mis piernas,
y esta miopía.

Miguel León-Govea

lunes, 13 de agosto de 2012



Dios asfáltico
“Aquí nos tocó vivir”
-Carlos Fuentes
Mañana saldré a devorar la ciudad,
domar al monstruo,
comer el pavimento,
trazar barrios y avenidas de memoria:
infartos urbanos
y humaredas que nacen al cielo.

Saldré a morir en plazas acribilladas;
a velarme en templos catedrales
con mis pies descubiertos desclavados.

Esta ciudad es un látigo de puentes,
una confusión verbal en vías de desarrollo;
caos valioso,
oro cotidiano
inservible de la gente.

Caminaré una ciudad.

Haré ciudad.

Una que recuerda los silbatos de vapor
1959
trenes que de tanto transitar hacia el progreso
derritieron sus rieles.

Mañana los gusanos colectivos
devoran mi cuervo,
las arterias
los discursos
mi dios asfáltico.

Mañana amanece
en un pasado lacustre.

Salgo ya:

alzo mi vela
en el entierro.




Miguel León-Govea

sábado, 5 de noviembre de 2011

NOVIEMBRE



NOVIEMBRE

El mes cuando nace muere.
Y habla:

Antes fui el noveno,
ahora soy la antesala
del mismo invierno.

Veo los ojos desde la cavidad
que esculpen sobre el hueso,
que me gusta pronunciar
“interioridad de la mirada”

Más sabios son en mí,
los ojos,
en mi tiempo,
un mes que dura todo el año.

Soy un mes solitario;
año venenoso y dócil
donde un escorpión
decide su pasado.

Hoy anciano que gatea
al encuentro de su madre,
seno del que manan
hojas caídas a secas,
que bebo con la miel
derramada por mis ojos.

Soy un puente.
                    Año colgante.
Treinta muertes festivas.
Agua que visita la transparencia.

Antes nueve clavado a la tierra,
hoy dos líneas paralelas
permitiendo el cielo.
11.







martes, 1 de marzo de 2011